La pequeña puerta del cielo (Reseña)

Ignacio Fernández Candela: La pequeña puerta del Cielo, Entrelíneas Editores, Madrid, 2013. Editorial Pelícano, Miami 2011. 

Ignacio Fernández Candela es un hombre polifacético. Ha destacado como pintor, como poeta, como conferenciante y, lo que más nos interesa aquí, como novelista, un campo en el que ha hecho oír una voz propia y que merece una especial atención. Su vida, llena de vicisitudes y —¿por qué no decirlo?— de aventuras a la moderna, le ha servido para acumular unas experiencias que son materia literaria de primer orden. No hablamos de elementos autobiográficos, lo que siempre resulta más socorrido, sino de un profundo conocimiento no sólo de los hombres, sino también de la sociedad en la que a su pesar tienen que vivir esos hombres y cuyas injusticias tiene que soportar día tras día. 

La pequeña puerta del Cielo es una novela impactante. A diferencia de la mayoría de las acumulaciones de páginas impresas y encuadernadas que hoy en día se venden como si fueran libros reales, esta obra es un proyecto completo y muy logrado, con su tema, su argumento, su mensaje, sus peripecias y sus reflexiones, en el mejor estilo clásico de lo que una novela debe ser, pese a sus connotaciones futuristas. Confluyen en ella tres historias con un eje común: la despiadada y merecida crítica a una sociedad deshumanizada que todos toleramos en silencio, lo que nos hace de alguna manera merecedores al sufrimiento que tal esquema de cosas nos inflige. Un despiadado asesino en pugna con sus semejantes, un sacerdote que cuestiona dos mil años de hipocresías y, sobre todo —lo que más nos ha conmovido—, la magníficamente detallada historia de un anciano estafado por las maquiavélicas artimañas de la banca. Ismael Bellver, despojado de lo suyo por un sistema corrupto y por una burocracia insensible, muestra una grandeza digna de los mejores personajes de la novela realista rusa o francesa. Sus andanzas en su intento de recobrar lo que legítimamente es suyo nos recuerdan a los sufrimientos del personaje balzaquiano de Cesar Birotteau, el desdichado arruinado de la novela de su mismo nombre que vaga, desesperado, por París intentando conseguir unos pocos francos para evitar la ruina y el suicidio. El personaje de Fernández Candela no tiene menos grandeza que el de Balzac. 

Con todo ello, la novela tiene además un estilo fuerte, intenso, caso despiadado. No se trata de agradar al lector, sino de sacudirle en lo más profundo de su mente y sus sentimientos, de hacerle ver lo que nos rodea y hacia dónde vamos, cuál es el resultado lógico e inexorable de este mundo inhumano al que todos contribuimos y cuya radical injusticia no podemos ver, quizá por estar demasiado inmersos en él. Vista con la perspectiva del tiempo, nuestra época parecerá una de las más injustas de la historia de la humanidad, bajo su aparente capa de civilización, decoro y corrección política. 

Recomiendo de veras la lectura de esta valiente denuncia de los males de nuestro tiempo, una novela con muchas sub-tramas y con gran variedad de elementos, pero centrada en el dolor innecesario y la injusticia, esos eternos compañeros del hombre desde el principio de los tiempos y de los que aún no hemos sabido librarnos.

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