Receta para hacer el ridículo literario

Una vez, hace algún año que otro, presenté mi blog «Humoradas» al concurso de blogs del diario «20minutos» en un insensato afán de conseguir algo de reconocimiento por mis escritos.

No es que pensara ganar en absoluto, entiéndanme. Ni siquiera acercarme a los primeros puestos. Soy consciente de los gustos de mis semejantes. Para empezar yo nunca he ganado nada en ningún sitio, ni me ha tocado nada en ningún sorteo ni lotería. Jamás. (Bien es verdad que lotería nunca compro. Pero no es que no me toque porque no compro, sino al revés: no compro porque sé que no me va a tocar.)

En la sección de Blogs de Humor, «Humoradas», página de la que entonces me sentía tan orgulloso, consiguió el grandioso total de dos votos, dos (2), cifra mágica que me hizo auparme hasta el lugar 141º del escalafón. Expresé entonces mi sincera gratitud hacia aquellos dos señores despistados que me habían elegido a mí, desperdiciando miserablemente su voto. Les dije: «¡Gracias, amigos! Seguro que ambos sois de esos idealistas que en los comicios nacionales votáis a los Verdes, que sería lo que todos tendríamos que hacer si sirviera para algo».

(La posición que ocupé en la categoría Blogs Personales creo que fue la 1.129º o así.)

Superado el trauma, sólo quedaba llevarse una alegría y disfrutar. ¡Con lo que a mí me gusta el humor! Si «Humoradas» no estaba mal, saber que había nada menos que la prometedora cifra de ciento cuarenta blogs de humor mejores era un panorama alentador. Ya me las prometía muy felices leyéndolos y riéndome a mandíbula batiente con sus ocurrencias, disfrutando con sus sutilezas y rasgos de ingenio, sorprendiéndome con sus hallazgos cómicos. Mi disposición de ánimo era la de un niño ante el escaparate de una pastelería bien surtida, un niño que le acabara de robar la cartera a una anciana descuidada y poseyera el suficiente dinero para entrar en la pastelería y degustar hasta la saciedad absolutamente todos los pasteles que quisiera.

Por ello empecé a leer los blogs.

Pero, ¡oh! ¡Mi gozo en un pozo!

El blog que iba en cabeza de todos estaba escrito sin mayúsculas de ninguna clase (¡qué original!), quizá para compensar que no decía nada especialmente interesante. No sólo no tenía mayúsculas, sino que tampoco tenía comas, sino que las substituía por puntos (en frases del estilo siguiente: «juanito. tras pensárselo mucho. salió de su casa. caminó hasta su oficina. y llegó en un santiamén»). Su tema principal era la afición a los videojuegos del hermano de la autora. Era un blog lleno de emoticones (esas caras tontas que ponemos cuando no sabemos encontrar el adjetivo adecuado), con lo que todo está ya dicho.

En cuanto a los blogs de humor, no había más que ver algunos de sus títulos para sobrecogerse ante el derroche de imaginación, creatividad e ingenio: «El pito doble», «El blog de mierda», «La mierda ocurre», «Picapolla y chocholoco», «Fuckoswki», «Cago en tó», «Apesta a excrementos 2», «Achopijo», «Putosurf», «Toy folloso», «La güeb de Macías Pajas», «Más caga un buey que cien golondrinas», «porlaputa.com».

¿Cómo se me ocurrió competir con mis humildes parodias con aquellas joyas literarias, con aquellos grandes creadores? Si había fracasado en mi intento de destacar en el panorama del humor español, me lo tenía bien merecido, por ingenuo.

Y por imbécil.

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