El gran carnaval (Billy Wilder, 1951)




No me canso de decirlo:
yo amo mucho a Billy Wilder
y cuantas más «pelis» veo
más me entusiasman, si cabe.

He vuelto a ver hace poco
una denuncia salvaje
del periodismo amarillo,
una crítica que hace
Billy en «El gran carnaval»
de la actitud dominante
en los medios de comuni-
cación. Si acaso no saben
de qué film estoy hablando
les daré algunos detalles.

Es de los años cincuenta.
Kirk Douglas es el actante
o actor que protagoniza
la película: un tunante
al que han echado de mil
periódicos a la calle
por cutre, desaprensivo,
mentiroso y embustante.
Se marcha a un pueblo pequeño.
Consigue que le contraten
como reportero-estrella
y un día, en medio de un viaje,
se encuentra con una mina
donde cayó el andamiaje
y aprisionó a un buen señor,
dejándole agonizante.

Kirk se mete por el túnel
con un sándwich de fiambre
para el minero apresado
y promete rescatarle
dándose un montón de prisa,
a cambio del reportaje.
Obtenida la exclusiva,
procura que se retrasen
cuanto más tiempo, mejor,
las labores del rescate.
Busca un método difícil,
cuando había uno más fácil.
Deja que pasen los días
para incrementar el hambre
de noticias del lector
y para que aumente el «share»
(pronúnciese a la española,
si no, la rima no vale.)

Alrededor de la mina
se monta un circo muy grande:
venden globos, coca-colas,
empanadillas de carne,
«souvenires», camisetas
y cualquier cosa comprable.
Se monta una cuestación
que le entregarán (si sale)
al minero aprisionado.
En fin, ¿para qué cansarles?
Ya el título nos lo indica:
un carnaval de tres pares
de narices, donde todos
ganan miles de «doláres».

¿Y el final?, dirán ustedes.
Muy previsible y pensable:
el hombre muere allí dentro
por la demora en sacarle.
Su esposa coge los cuartos.
Los periodistas, voraces,
mandan crónicas a cientos
por teléfono o por cable.
Todos se van tan contentos
del suceso apasionante
y el espectador se queda
con un nudo en el gaznate.


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