La cortina de humo





Barry Levinson, 1997



¿«Films» sobre televisión?
No sé si recuerdo alguno
en este momento. A ver...
Tenemos «Network: un mundo
implacable», «EDTV»
y «La cortina de humo».
¿De cuál quieren que les hable?
¿Les da igual? Lo haré del último,
que pone a la «tele» en solfa
y muestra su lado oscuro.

La trama está bien montada:
el Presidente de turno
se cepilla a una menor
cuando sólo faltan unos
pocos días o semanas
para elecciones. Si alguno
se entera, no ganará.
Hay que distraer al público.

Contratan para el trabajo
a un productor —que es un punto
de mucho cuidado— quien
les propone un plan astuto:
se inventarán una guerra
de mentira (los muy brutos),
distraerán al personal
con éste y otros infundios
para que olvide el «affaire»
y así saldrá todo a gusto
de todos. Bien. Dicho y hecho:
se meten en un estudio
de televisión y graban
un alarmante discurso
del Presidente, diciendo
que es casi, casi seguro
que Albania tenga mil armas
con las que dar un disgusto
a los Estados Unidos
en un cercano futuro.

Comienzan la guerra falsa.
Emiten varios minutos
de imágenes con diversos
bombardeos tremebundos.
Las gentes, como borregos,
se tragan todo ese truco.
Van alargando la historia
hasta que dan por seguro
que el pueblo les votará
en su momento oportuno.

No contaré más detalles
ni más episodios chuscos
por si alguno no la ha visto.
Mantendré el final oculto.

Pero lo que es destacable
—y uso el verso como púlpito
para denunciar a voces
cosas que me indignan mucho—
es la forma en que la «tele»
está controlando el mundo.
Ya sé que parece un tópico,
un lugar común al uso,
pero es verdad. No olvidemos
que el mangoneo es algo sucio,
que aquello que obstaculiza
el albedrío de uno
es despreciable. Y la «tele»
sólo nos crea barullo
mental, nos dice mentiras,
modifica nuestros gustos,
hace que compremos cosas
de innecesario consumo,
nos oculta mil verdades
por procedimientos burdos,
nos aliena y nos engaña
veinte veces por segundo.
Y, sin que nos demos cuenta,
nos vamos volviendo estúpidos.

Por eso es muy necesario
mantener el seso lúcido,
aprender a distinguir
lo que es claro de lo turbio,
lo que es cierto de lo falso,
lo nuevo de lo caduco,
lo fútil de lo importante,
lo inane de lo profundo.
Hemos de ser muy escépticos
—que no se queden con uno—,
pensar por nosotros mismos,
no caer bajo su influjo,
comprobar bien nuestras fuentes
y preservar el orgullo
de ser criaturas pensantes
y ser individuos únicos.

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