IMAGINARIAS CASAS DE FICCIÓN QUE, ADEMÁS, SON DE MENTIRA



La crítica literaria (a la que algunos llaman hermenéutica para que parezca una cosa muy difícil de hacer) consiste principalmente en contar por escrito lo que han escrito otros y se lleva a cabo cuando no se sabe crear nada original. Sin embargo —y lo que es una gran injusticia—, a menudo los críticos literarios ganan más dinero que los escritores de verdad. Resumiendo: el secreto de la crítica es tan sólo hacer parecer complicado lo que es sencillo y llamar a las cosas con unos nombres rebuscados.

No se sabe muy bien por qué, los críticos literarios que estudian y analizan comedias y novelas tienen la inveterada manía de centrarse en los personajes que aparecen en ellas, como si tales personajes fueran algo interesante. Por lo general, no lo son: se les puede dividir con facilidad en buenos y malos, y su comportamiento suele ser altamente predictible.

Las casas y los entornos en los que viven y se mueven los susodichos ya son otra cosa. Aquí sí que hay margen para la variedad y la creatividad. Así es que nosotros, en lugar de tratar de los seres humanos de ficción —que son tan aburridos como los de verdad— nos ocuparemos de sus hogares, como si fuéramos cronistas de ésos de la buena sociedad que entrevistan a las gentes en sus mansiones y les fotografían en el salón, sentados encima de una piel de tigre.


LA CASA DE MUÑECAS

Se trata de la finca donde reside la cursi de Nora Helmer, protagonista de la sobrevaloradísima obra teatral «Casa de muñecas», del noruego Henrik Ibsen, padre del drama realista moderno y ganador del Concurso de Patillas Largas de Oslo durante cuatro años consecutivos (1887-1890).

Nora es una pequeña burguesa a quien su amante esposo, Torvald, preserva caballerosamente de todo problema exterior, mediante el sencillo procedimiento de no dejarla salir de casa jamás. Ésta se halla decorada con papel pintado con florecitas (la casa, no Nora). Para que el lector se haga una idea, diremos que aquel hogar no tenía uno, sino tres cuartos de la plancha.

Nora quita el polvo a los muebles con fruición durante los tres actos y, ¡claro!, al final pasa lo que tenía que pasar: que se harta de aquel hogar tan burgués y de usar siempre el mismo perchero.

Cuando Torvald le propone tapizar de nuevo las butacas de la salita, a Nora se le abren los ojos y se da cuenta de que su vida matrimonial no ha sido sino una farsa, pésimamente interpretada, por lo que abandona el hogar conyugal dando un portazo simbólico que, pese a ser simbólico, hace una grieta de metro y medio en la cristalera del pasillo.

Desde su estreno en 1879 (al que nosotros no pudimos asistir porque ese día estábamos en la cama con gripe), la obra se convirtió en símbolo de la rebeldía de la mujer ante el dominio masculino, por lo cual fue motivo de escándalo; muchos comentaristas aseguraron que Ibsen era de la acera de enfrente, pues de otra manera no habría podido entender tan profundamente la psique de la mujer.
La ‘casa de muñecas’ representa desde entonces el lugar del que hay que salir pitando si se quiere ser mínimamente feminista.


LA CABAÑA DEL TÍO TOM

Ésta es una pequeña choza de paja donde habita el tío Tom, aunque en la novela sus sobrinos no aparecen por ninguna parte. Tom (diminutivo de ‘Thomas’, por si alguien no lo había adivinado) es un esclavo negro que da título al libro de la autora abolicionista estadounidense y bizca Harriet Beecher Stowe.

En la cabaña que habita Tom con su familia, sita —por una de esas casualidades de la vida— en el estado de Kentucky, se celebraban reuniones de carácter religioso a las que acuden otros esclavos para cantar himnos, ya que ninguno tiene dinero para ir al cine. Pero allí es donde tiene lugar una serie de injusticias tremebundas, entre la que destaca la venta de Tom a varios amos, con sus consiguientes y obligadas descripciones del continuado maltrato físico, que es lo que le da un poco de vidilla a la insulsa y plúmbea narración.

La novela, aparecida por sorpresa en 1852 sin que nadie se la esperara, no tiene especial calidad, lo que no es sino una manera elegante de decir que es malísima. Pese a ello, en su época se tiraron cientos de miles de ejemplares, aunque no se sabe muy bien dónde se tiraron, porque no han aparecido. No la leía nadie, sino que se compraba para regalar el Día de Acción de Gracias, lo que quedaba muy chic. Así es que casi nadie supo nunca cómo era la dichosa cabaña, porque no conocían la descripción.

La publicación de esta obra suscitó numerosos ataques por parte de los esclavistas y la aparición de un subgénero de novelas llamadas «anti-Tom», en las que se intentaba justificar el predominio racial de los blancos, alegando que los negros siempre hacían trampas cuando jugaban al parchís. Otro argumento que esos libros esgrimían cual florete consistía en asegurar que la cabaña era un lugar estupendo, que Tom vivía muy bien, a fin de cuentas, y que lo que pasaba es que era un quejica.


BASKERVILLE, EL HOGAR DEL SABUESO

Como Sir Arthur Conan Doyle se pasó todo el año de 1901 sin que se le ocurriera nada que escribir (eso nos pasa mucho a los que nos dedicamos a este ingrato oficio), se cogió unas largas vacaciones para inspirarse y estuvo muchos días de gorrón, a mesa y mantel, en casa de un amigo suyo que vivía en una finca llamada Hayford Hall, en la localidad de Buckfastleigh, que suena a nombre de chunga pero que parece ser que existe en realidad.
Allí oyó por primera vez una leyenda del siglo XVII en la que un perro demoníaco le pegaba tal bocado a Sir Hugo Baskerville que lo dejaba seco. Doyle usó este argumento para su libro «El sabueso de los Baskerville», en el que un asesino muy imaginativo pintaba a un perro de purpurina desde el morro al rabo para que asustase a los intrusos y los matase, si se hacía imprescindible.

En realidad, todo lo anteriormente dicho sobraba, pues de lo que se trata aquí es de describir la casa en la que vivía el dichoso can, bien que oculto para que el famoso y chupado detective y su bigotudo ayudante no sospecharan dónde se escondía la fiera corrupia que traía de cabeza a toda la comarca.

La casa era una típica finca de recreo inglesa, con su hiedra de rigor, y estaba emplazada en medio de un páramo (porque allí el terreno era más barato cuando se construyó). Además, la mansión tenía su propia niebla, que conservaba para seguir siendo misteriosa aun cuando luciese el sol en las fincas adyacentes. El sherlockholmiano escritor se inspiró en Brook Manor, otra musgosa casa de campo de aquellos andurriales, que tenía muchos cuartos de baño, aunque sin puertas que permitieran entrar en ellos, porque el arquitecto que la construyó era irlandés y quiso hacerles una jugarreta a los malditos ingleses que se la encargaron.

Creemos recordar que hemos dicho que todo esto sucedió en Buckfastleigh, pero la localidad de Clyro, que es muy desconocida —no está claro dónde está Clyro (¡ag!, ¡qué chiste más malo!),— reclama para sí el dudoso honor de haber sido la inspiración de la historia y la fidedigna patria chica del perro pintado. Para demostrarlo, tiene incluso un museo municipal donde se conservan embalsamados algunos cachos de carne de nalga, muslo y pantorrilla, que el monstruo supuestamente arrancó a mordiscos a algunos de los lugareños que se perdían con frecuencia por el páramo. (Los forasteros nunca se perdían, porque llevaban mapas; pero a los de allí les perdía el exceso de confianza).

La finca que se describe en la novela es gótica, muy gótica; vaya: es más gótica que Quasimodo, el jorobado de Notre-Dame. Doyle la trasladó a su gusto y la colocó en Devonshire, adónde los trenes llegan con más frecuencia. Años más tarde, los estudiosos de la obra del insigne cuentista inglés descubrieron que el Devonshire Shopkeepers Guild (el Gremio de Tenderos de Devonshire) le había pagado una fuerte cantidad de libras de lo más esterlinas al autor para que ambientara su novela en aquella localidad, porque los comerciantes sabían que si ésta se popularizaba, no faltarían manadas de turistas cretinos que viajarían hasta allí para ver el lugar donde sucedió la acción.


LA CASITA DE CHOCOLATE

Entre las casas de ficción que aparecen en los cuatro o cinco únicos libros que hemos leído en toda nuestra vida, aquella a la que van a parar Hansel y Gretel es nuestra preferida, probablemente porque somos muy golosos.
Según narra el cuento folclórico alemán que los sinvergüenzas de los hermanos Grimm se apropiaron e hicieron pasar como suyo con toda desfachatez, un buen leñador abandona a sus hijos en el bosque para que se los coman los lobos y no tener que alimentarles él, con el consiguiente ahorro doméstico. Los lobos se muestran más compasivos que el buen leñador y deciden no morder a los niños y dejarlos en paz.

Entonces los infantes se tropiezan con la casa de una bruja diabética, que no puede comer dulces y que decide aprovechar la carne tierna que el azar le brinda. Antes de cocinarlos, decide cebarlos, porque los pobres están famélicos y no le van a dar ni para un tentempié. Pero los candorosos niños consiguen escapar, no sin antes encerrar a la bruja en el horno y quemarla inmisericordemente.

Hansel y Gretel roban todas las joyas y el oro que encuentran en la casa y, como son tontos de remate, regresan a la de su padre, quien les recibe con mucho cariño al ver los tesoros que traen. Acto seguido, les despoja de las riquezas y les da un cacho de pan duro, para que se repongan de sus aventuras .
Esta leyenda medieval nos enseña dos cosas: a) que en Europa, en épocas de escasez, el infanticidio estaba bien visto y formaba parte de la cotidianeidad más diaria y la frecuencia más habitual; y b) que las brujas harían mejor en comerse a los niños mientras tuvieran ocasión en lugar de esperar, porque nunca se sabe qué giros puede tomar el destino y cómo va a acabar la cosa.

La casa —que es a lo que íbamos— no era originariamente de chocolate. Era de pan. Pero la gente es muy dada a exagerar y se empezó a contar una versión distinta del cuento en la que se decía que estaba hecha de jengibre. Finalmente, la exageración triunfó en toda regla y se afirmó que los techos eran de chocolate, las paredes de mazapán, el suelo de caña de azúcar, las ventanas de caramelo, las puertas de turrón, la valla de confites variados, la grifería de regaliz, la bañera de guirlache, etc. Gretel y Hansel (las damas primero: hay que ser caballeroso) se la comen a bocados, ¡claro!, pero hay que disculparles. ¿Podrían jurar ustedes sobre la Biblia o sobre cualquier novela que les gustase mucho que, en su situación, no habrían hecho otro tanto?

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