El culto al Yo






El culto al Yo, como ya imaginarán ustedes, no es invención reciente. El «yo» ha preocupado siempre a los filósofos y, para que no se me excluya a mí de este andrajoso aunque privilegiado grupo, les confesaré que, algunas noches, también la cuestión del «yo» me ha dejado a mí sin dormir.

Y como el hombre no se contenta con nada y yo, además de filósofo, quiero presumir también de erudito, me veo en la precisión de dar aquí algunos detalles completamente fuera de cacho del «yo» como tal. ¡La fama hay que ganársela a pulso!

Pues el «yo» ha sufrido, a lo largo de la historia, bastantes meneos y ha sido traído y llevado de aquí para allá bastantes veces. Los escolásticos y los cartesianos decían que era una sustancia espiritual, que pasaba de la potencia al acto en categorías de ser contingentes y necesarias (?).

Hume decía que era una serie de actos, pero no decía cuáles, con lo cual no se comprometía mucho.

Kant le llamaba «yo trascendental» y decía que era una condición necesaria, no sabemos para qué.

Fichte, para liarlo aún más, dijo que era un absoluto incondicionado que se afirma a sí mismo.

Schopenhauer lo igualaba a la voluntad, aunque a veces lo conjugaba mal.

Husserl, a la cabeza de los fenomenólogos, dejó bien claro que era un sujeto trascendental y que estaba dispuesto a pegarse con quien dijere lo contrario.

Los filósofos orientales lo definieron de una forma más sencilla, negando su substancialidad en absoluto y quedándose más anchos que largos, al evitar así todas las disputas filosóficas, que se asemejan a un carrusel en que no llevan a ninguna parte.

Los filósofos pijos de hoy en día lo denominan superyó.

¿Qué hemos aprendido hoy, queridos niños?

Que no debemos nunca enfrentarnos con problemas superiores a nuestras fuerzas.

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