El juego de la cerilla



        

Yo nunca he tenido miedo a subirme a un avión.
          
Hasta el otro día, en que un conocido mío, experto empleado de un aeropuerto, me contó terribles verdades.
          
La cosa es que, como todos ustedes saben, un avión en tierra pierde dinero. (Bueno, esto es algo que yo no logro entender si no es mirándolo a la luz de la inconmensurable ambición humana. Cuando un avión está en tierra no es que pierda dinero. Sólo es que no lo está ganando en esos minutos concretos. Se podría decir que el cuchillo del carnicero del supermercado pierde dinero durante todos aquellos segundos que no está cortando chuletas. De la mopa de las señoras de la limpieza podría decirse lo mismo.) En fin: partamos de la base de que pierden dinero por los costes de mantenimiento y tal. (Sobre este punto volveremos más adelante.)
          
Y como no está en el ánimo de ninguna compañía (aérea o no) perder ni lo más mínimo, se intenta que el vaciado y llenado del avión (con pasajeros, combustible, alimentos y equipajes) sea lo más rápido posible. A tal efecto, se le paga a un señor para que cronometre los tiempos. No para que los mida o compruebe, sino para que los cronometre. O sea, que no estamos hablando de minutos, sino de segundos.
          
Aquí empieza el juego de «tonto el último que llegue», porque al responsable de cualquier retraso, le toca pagar lo que haya que pagar de estacionamiento en pista, desgaste de ruedas, etc. Si el catering llega tarde, ellos pagan. Si el departamento de limpieza sacude dos veces las migas de un asiento en vez de sacudirlas sólo una, ese departamento apoquina.
          
Cada departamento, ¡claro!, procura no ser el que pague y se da prisa en hacer lo suyo de cualquier manera. Si un departamento mete la pata y se hace responsable del retraso, los otros se relajan, sonríen y disfrutan de la vida, porque son minutos que corren a cargo de otros.
          
Muchos equipajes «perdidos» no están en absoluto perdidos ni extraviados: simplemente no se cargan en el vuelo para ahorrar unos segundos en pista.
         
 Pero ahora viene el peligro: se embarca a los pasajeros al mismo tiempo que se reposta el combustible, práctica muy peligrosa, muy prohibida y muy habitual, pero que consigue que alguien pague menos.
         
 Claro que, si el comandante del vuelo sospecha que lleva un ala colgando con los tornillos flojos, puede olvidarse de las prisas y detener el despegue hasta que se compruebe que todo va bien. Si él lo ordena, sus órdenes van a misa y todo el mundo las cumple a rajatabla. Y la compañía a la que pertenece el piloto paga religiosamente.
          
Pero la compañía también tiene su corazoncito (junto al bolsillo de la cartera) y se cabrea con cualquier piloto que solicite demasiadas revisiones del avión. Y los aviones necesitan revisiones, porque los tornillos, créanme, al cabo de un tiempo se aflojan. 
Los pilotos, para no comprometer su carrera y sus pluses, hacen la vista gorda y aquí se inicia otro juego: el de «la cerilla». El truco es pasarle el avión lo suficientemente entero al siguiente piloto y que se le rompa a él.
          
Ustedes se preguntarán: si esto es así, ¿quién vela por la seguridad del pasajero?
         
 Yo les contestaré: para comprobar que estas prácticas de ahorro no ponen el peligro a los viajeros, las autoridades efectúan inspecciones por sorpresa.
          
Y esto debería tranquilizarme, si no fuera porque mi amigo me ha dicho que siempre que va a haber una inspección-sorpresa para ver lo que sucede en las pistas, las autoridades inspeccionadoras avisan con la suficiente antelación a los futuros inspeccionados para que nadie se coja vacaciones ese día y todo el mundo tenga el uniforme bien planchado y los zapatos relucientes.


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