Adicciones postmodernas




         Siempre han existido adicciones psicológicas (al juego, al sexo, a chupar llaves, a coleccionar majaderías, al trabajo, a dejarse las patillas o a ir de compras). A principios de los años ochenta se habló y escribió mucho sobre la nociva adicción a la televisión. (Hoy en día, afortunadamente, y gracias a la porquería de programaciones que nos dan las televisiones, ya no hay adictos de esa clase y este problema se ha resuelto por sí solo). Lo que hoy priva es la adicción al móvil y a los videojuegos.
         Pero con la popularización de la informática nos enfrentamos a una modalidad adictiva más peligrosa: los... ¿cómo los llamaríamos? ¿Redadictos? ¿Internetomaníacos? Habrá que buscar una palabra para la adicción a Internet.
         Este mal tiene varias modalidades, que responden a diferentes tipos de personalidad cretina y cuyos remedios, tratamientos y solución están todavía en una fase pre-inicial. (¿Qué quiere decir «pre-inicial»? Pues es claro: quiere decir que no esos remedios no se han inventado todavía.)
         Las posibilidades de la red son tantas que es muy fácil que algo nos enganche y nos robe demasiadas horas de nuestras vidas, horas que podríamos dedicar a trabajar, conversar o hacer el amor, con nuestro jefe, nuestros padres y nuestra novia (respectivamente, a ser posible, pues cualquier otra combinación podría traernos problemas).
         Veamos esas adicciones:

         Las páginas web. Son lo más común. Buscamos páginas de nuestro interés y su alto número hace imposible verlas todas. Eso nos hace sentirnos importantes, pues pensamos que somos seres a los que les interesan muchas cosas. Para verlas necesitamos más y más tiempo y, cuanto más navegamos, más webs descubrimos que exigen nuestra atención. Es el cuento de nunca acabar. En estas páginas conseguimos apoyo social y desarrollamos odio a nuestros padres, porque descubrimos que eran unos mojigatos que nos ocultaron información sobre gran cantidad de variantes sexuales que ahora la red nos descubre. En la web creamos personalidades ficticias y sacamos a la luz aspectos de nuestro carácter que estaban ocultos. Nos sentimos los amos del cotarro.
         El correo electrónico. Mucha gente es adicta sin ser consciente de ello. Consulta su correo antes de desayunar, inmediatamente después de desayunar y, a veces, entre tostada y tostada. Los e-mails han dejado de ser una herramienta de comunicación y se han convertido en un instrumento para manejar nuestras agendas y contactos, como un registro formal de hechos. Además, nos sentimos bien si recibimos correos: si alguien se molesta es escribirnos es porque nos quiere. Y si es una empresa la que nos escribe, por lo menos nos da la certeza de que existimos, cosa de la que no todos estamos seguros.
         El blog. Es un medio excelente para perder miserablemente el tiempo. En teoría sirve para compartir nuestras ideas con quien quiera leerlo, pero para ello han de darse dos supuestos difíciles: 1) que tengamos ideas que poner en el blog; y 2) que haya alguien efectivamente que quiera leerlas, cosa más complicada de lo que parece en un principio. Pese a su probada ineficacia, puede ser altamente adictivo. Comprobamos demasiadas veces cuanta gente ha entrado en nuestra página. Sentimos desmesurado amor por quien lo hace. Apreciamos más a nuestros lectores que a nuestros amigos; no sólo eso: mandamos a freír espárragos a nuestros amigos en cuanto empezamos a sospechar que no nos leen. Desarrollamos una cochinísima envidia por los que escriben mejor que nosotros o por los que tienen más lectores o más comentarios. Concebimos posts mentales mientras conducimos, en el autobús o incluso en la ducha. Nuestra vida gira en torno a nuestra página digital que no vale ni el papel en el que no está escrita.
         El chat. La remota posibilidad de conocer a gente interesante nos lleva a malgastar horas con personas (caso de que lo sean) que mienten como bellacos sobre quiénes son y cómo son. Nos obligamos a adaptar nuestros horarios a los de nuestros interlocutores. Nos enredamos en conversaciones banales y superficiales, mientras nos engañamos pensando que estamos teniendo una vida social e intelectual plena. Cuando no chateamos tenemos la desagradable sensación de que nos estamos perdiendo algo muy interesante. Además, el carácter temático de la mayoría de los chats (fútbol, sexo, etc.) contribuye a hacernos más tontos.
         Soluciones. Dicen (yo no me lo creo del todo) que están apareciendo instituciones médicas especializadas en el tratamiento de las adiciones psicológicas, con las que parece ser que se gana una pasta. Pueden encontrarse en Internet programas para el tratamiento de estas adicciones. Tales programas aconsejan los siguientes medios:
         1) Entrar en un grupo de apoyo o hacer terapia familiar;
         2) Hacer una lista de los ligues que hubiéramos podido tener en el tiempo que estábamos frente a la pantalla;
         3) Cortarnos ambas manos para no poder emplear el ratón;
         4) Irnos a vivir al estrecho de Behring;
         5) Modificar drásticamente nuestro estilo de vida mediante una eutanasia rápida.

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