El novato simpático




 ¿Has conseguido un empleo en estos tiempos? ¿Crees en el vudú? Porque si crees, entonces sufrirás imaginando a los miles de personas que deben estar utilizando la magia negra contra ti, aun sin conocerte.
                Tendrás que mantener el empleo, digo yo, haciendo lo que haga falta hacer.
                He aquí mis consejos.
                Al incorporarse a una empresa hay que conseguir caer bien a todos. Y «todos» quiere decir todos, no vaya a ser que el director de tu departamento esté liado con la mujer de la limpieza y la tome contigo por no saludarla debidamente.
                Para nuestras relaciones necesitamos tener una estrategia compleja, como si fuéramos a organizar el desembarco en Normandía.
                Si nos incorporamos a un nuevo trabajo hemos de saber que lo que hagamos o digamos durante las primeras semanas puede cambiar por completo y para siempre nuestra vida laboral. Las bromas a los calvos, los elogios al Barça, las críticas a la iglesia o los chistes sobre impotentes pueden costarnos muy caros cuando no sabemos exactamente con quién estamos hablando. Puede hacer de nuestra vida algo agradable, meramente llevadero o hasta un infierno preconciliar. Es imprescindible caerles bien a los nuevos compañeros y esto es algo no muy sencillo, pues el ser humano es poco contentadizo y odia por defecto a los desconocidos.
                Es una situación difícil. Los primeros días en un empleo siempre son traumáticos y generan mucha tensión, ya que ninguna formación de las impartidas en el tercer planeta del sistema tiene nada que ver con el trabajo que se hace luego. Nosotros somos conscientes de lo que nos jugamos y estamos especialmente sensibilizados sobre lo que los jefes pensarán de nosotros, caso de que lo hagan.
                Quizá por esta razón desatendamos el trato con los colegas, en cuyo caso se nos tachará de pelotas y los compañeros nos odiarán siempre. Nuestro miedo se debe a varias razones: a que desconocemos la empresa, a las dificultades de coger el ritmo de trabajo adecuado y al hecho de que todos nos observan para ver cómo somos personal y profesionalmente y si nos gustan más las rubias, las morenas o los ingenieros de puentes y caminos.
                Hay que saber con quién podemos hablar y de qué temas. Ignorarlo equivale al suicidio laboral.
                 
Problemas con los que nos enfrentamos.
                Puede que los compañeros se muestren hostiles, porque nos vean como posibles rivales, como una amenaza, aunque sea evidente que somos tontos y no les podemos hacer sombra. Si piensan que eres un enchufado, tendrán prevención y tardarán en aceptarte un siglo o dos.
                Otro escollo que hay que salvar es el recuerdo del antecesor en el puesto, que quizá era alguien muy querido, porque les pagaba siempre los cafés, y con quien inevitablemente nos compararán en detrimento nuestro. Además, en toda empresa existen círculos de amistades ya formados, de los que nos quedaremos fuera, ya que ellos habrán hecho juntos algún viaje a Irlanda del que estarán hablando todo el rato durante los siguientes cinco años. Y, si existen facciones y luchas internas, es muy fácil que elijamos precipitadamente el lado equivocado, que es cualquier lado que elijamos, según pensarán los del otro lado.
                Por ello la clave para salir con bien de esto es la información. Hay empresas de detectives que nos pueden ayudar y se recomienda invertir el sueldo íntegro de los primeros tres años en recopilar información sobre la empresa y sus miembros, para tener alguna garantía de éxito en ella. Si conseguimos vencer a la inanición durante esos años, nuestro futuro estará garantizado.
                Además, para mejorar las relaciones hay que preguntar mucho y saber escuchar. La gente es vanidosa y gusta de dar su opinión, adora la sensación de superioridad de saber más que nosotros y ponernos al día. Aprovechemos este rasgo de la personalidad fingiéndonos tontos, si necesitamos fingirlo, y dando pie para que nos cuenten cómo se hacen bien las cosas.
                 
Qué se debe hacer
                Hemos de adaptarnos a la nueva cultura corporativa y documentarnos sobre nuestra nueva empresa, como ya hemos dicho. Conviene mostrar gestos inmarcesibles de humildad. Habremos de comportarnos con naturalidad y transmitir una impresión de que somos personas accesibles, dando nuestros teléfonos privados y diciendo que estamos en el baño cuando nos llamen.
                Hablar mucho con superiores y compañeros también ayuda, por lo que debemos conocer y recordar cuanto antes sus nombres, sus debilidades procesables y sus puestos en la empresa.
                No está de más asaltar con cuchillo o porra a nuestro antecesor en una calle oscura para que nos ponga al día de la realidad del puesto. También conviene hablar de lo privado: preguntar a los demás por sus mujeres, niños y madres hospitalizadas, etc.
                 
Qué no se debe hacer
                Hemos de evitar parecer hábiles o capaces en nuestro trabajo. Si sospechan que sabemos hacer algo, estamos perdidos. Se trata de transmitir la impresión de que somos en todo inferiores a los demás: sólo así tolerarán nuestra presencia. Si nos concentramos meramente en el trabajo y no establecemos vínculos personales cometeremos un grave error, pues jefes y compañeros se resentirán.
                Nunca hay que intentar cambiar ni lo más mínimo lo que se venía haciendo, por malo que fuera, pues las actividades laborales son, por definición, un conglomerado de actividades tradicionales ineficaces.

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