Cuando Oriente encontró a Occidente





Diálogo sociológico

(La escena representa... No representa nada, porque éste es un montaje teatral alternativo. Así es que hay una cortina negra y nada más. Salen los personajes por donde les parece bien.)

OCCIDENTE.—¡Hola! Tú debes de ser Oriente.
ORIENTE.—¡Buenos días, Occidente! (Hay una pausa incómoda.) Bueno, ya estamos aquí.
OCCIDENTE.—Sí.
ORIENTE.—Y el tonto de Kipling, que dijo que nunca nos encontraríamos.
OCCIDENTE.—¿Qué sabía él?
ORIENTE.—Bien es verdad que hemos tardado un poco. Si esto de la aldea global tarda un poquito más...
OCCIDENTE.—¿Qué tal tu familia?
ORIENTE.—Ya sabes: somos muchos en casa; demasiados. Y a veces escasean los alimentos. Sobrevivir es duro.
OCCIDENTE.—No empecemos, que ya me imagino por dónde quieres ir. Ahora me dirás que por qué no os invito a mi casa.
ORIENTE.—¡Hombre! Tú tienes más que yo. ¿No sería lógico que lo compartieras?
OCCIDENTE.—No te pongas socializante. Allí tenéis trabajo...
ORIENTE.—A destajo, en fábricas miserables y con sueldos ínfimos. En cambio, tú... ¿No es verdad que pagáis a los campesinos para que no produzcan demasiado?
OCCIDENTE.—¡Eh! ¿Quién te ha dicho eso?
ORIENTE.—No sé. Son cosas que se oyen.
OCCIDENTE.—La verdad es que no hacemos eso. O ya no tanto. Así es que no insistas. Debes entender que nosotros tenemos graves problemas.
ORIENTE.—Dime uno.
OCCIDENTE.—Pues... en nuestras ciudades tenemos problemas para aparcar.
ORIENTE.—Nosotros no; la verdad es que nuestras bicicletas caben en cualquier rincón.
OCCIDENTE.—Y nuestras mujeres tienen serios problemas de sobrepeso.
ORIENTE.—En Asia no; las nuestras tienen menos carne que un telegrama.
OCCIDENTE.—De donde se deduce que estáis mejor que nosotros, así es que no os quejéis. ¡Ea! ¡Hasta otra!
ORIENTE.—¿Ya te vas?
OCCIDENTE.—No sé; me imagino que en realidad no tenemos muchas cosas de las que hablar.

No hay comentarios: