La Editorial Renacimiento-Espuela de Plata: valientes e incautos



Llevo ya un tiempo aplastando casi literalmente a mis resignados lectores con toneladas de información sobre mi reciente libro, Historia estúpida de la literatura, trasladándoles reseñas, entrevistas y demás —cosa, por otra parte, lógica si consideramos que, si no tienes a nadie que se dedique a realzar tus méritos, no tienes otra que hacerlo tú mismo —, pero aún no he dicho nada de las circunstancias de su publicación.

Aquí es donde entra la Editorial Renacimiento-Espuela de Plata, con el valor y la incautez apuntados.

Introductoriamente diré que se trata de una firma de solera y gran prestigio, dirigida por Abelardo Linares, gran poeta y gran bibliófilo, al mando de un equipo de rechupete. No entraré en sus gracias personales, pero sí en el arrojo de publicar obras que nunca debieron estar apartadas de la circulación. Me refiero, por ejemplo, al magnífico opúsculo cómico-satírico Las mil peores poesías de la lengua castellana, de Jorge Llopis, al que tanto debemos muchos. Esta obra, aparecida en 1957, se hallaba descatalogada desde los años ochenta para desesperación de sus admiradores. Es un libro que yo compré muchas veces en mi juventud y que regalé otras tantas, hasta quedarme definitivamente sin él. Cuando lo volví a ver impreso con el sello de Espuela de Plata, me pregunté, con admiración: ¿quién serán estos señores tan atrevidos que arriesgan su dinero en el humor?

(N.B. Acaban de publicar otra obra morrocotuda de Llopis: La rebelión de las musas, que complementa la citada. Así es que ya lo sabéis, amantes de la risa: no debéis adquirir una obra de Llopis, sino las dos.)

Este sello editorial, en el que yo he conseguido colarme de rondón, ofrece al lector avisado otros grandes libros indispensables, como Del asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas de Quincey, Sobre casi todo/Sobre casi nada de Julio Camba, los Aforismos de Kahlil Gibran, los Poemas periodísticos de Luis de Tapia, Por las calles del tiempo de Luis Alberto de Cuenca,  El arte de pagar sus deudas sin gastar en un céntimo en diez lecciones de Honorato de Balzac y otras muchas joyas gutembergianas así de interesantes.

Todo esto sería más que suficiente para dejar científicamente demostrado el valor del que les hablo; pero hay más: la osadía de arriesgarse en la publicación de mi libro de humor, pues yo, como autor de ficción, soy más desconocido que el remedio eficaz para el constipado.

Bien es verdad que he publicado antes muchos libros, pero eran sobre temas harto específicos y dirigidos a un público minoritario y fiel que los compraba: en pocas cantidades, pero los compraba. Sin embargo, un libro como este mío, pensado para todos los lectores, no lo publica en este país ni el Sursum corda, sin unas sólidas garantías de ventas que mi nombre no podía en absoluto proporcionar.

Pero ellos han encontrado un texto que les ha gustado, se han volcado con él, trabajando de manera excelente, respetando siempre mi criterio y ofreciéndome todas las facilidades imaginables. Han producido así un libro muy esmerado, sin pararse a considerar si recuperarían o no su inversión. Han publicado por el placer de publicar aquello que consideraban merecedor de publicación. Y no todas las editoriales obran con ese genuino amor al oficio, no. Hay otras a las que les puede gustar mucho un manuscrito pero no lo editarán jamás si el autor no es famoso por salir en la televisión.

Bueno, los editores han sido valientes e incautos a la vez. Valientes por las razones apuntadas e incautos también porque han establecido conmigo una muy cordial relación y ahora yo planeo bombardearles con un montón de libros más, de esos que todos los que escribimos tenemos apilados en distintos cajones de nuestros domicilios. Ya conocen esa famosa sentencia que dice «¡Guardaos del hombre de un solo libro!», aunque tal frase estuviera dicha en otro contexto. Bien; yo no soy ese hombre y espero publicar muchas más cosas con ellos, si se dejan engañar de nuevo.

(Este escrito puede parecer una maniobra mía para granjearme más aún la simpatía de los susodichos editores. Pues bien: no sólo es que lo parezca, es que lo es.)

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