Hay que hacer casas



Para salir de la crisis
una receta probada.
Algunos dirán que estoy
loco, otros que majara;
me tacharán de cretino
e ignorante en las finanzas.
(Reconozco no entenderlas,
pero tampoco hace falta.)

¿Qué solución le propongo
al Estado? Que haga casas.
Casas, sí; así como suena,
con sus puertas y ventanas,
cocinas y water-closes,
con sótanos y terrazas
(y nada de cuchitriles:
casas lo bastante amplias
para que quepan los padres,
los hijos y, si hace falta,
hasta las primas muy feas,
ésas que nunca se casan.)
La idea que preconizo
sonará descabellada,
mas seguro que funciona;
paso ahora a detallarla.

Para empezar el proceso
el Estado reúne pasta.
¿Que cómo? Reduce gastos
superfluos, quita embajadas,
asesores, subvenciones,
el Senado, media Cámara
de Diputados, el diezmo
a la Iglesia, la montaña
de balas para el Ejército,
le quita el dinero a Bárcenas,
a Urdangarín y los miles
de gentuzas amnistiadas,
hace que paguen los ricos
impuestos como Dios manda,
desmantela las SICAV
y se deja de mandangas.
Hace, en fin, lo que le pide
la sociedad ciudadana.

Y con todo ese dinero,
con toda esa pasta gansa,
sobre terrenos comunes
(que como son del país
en verdad no cuestan nada
y el Estado puede usarlos)
se pone a construir las casas,
obligando a las empresas
que para ello se contratan
no sólo a la transparencia,
sino a que todas las casas
les cuesten treinta mil euros
(y eso como cifra máxima)
para que puedan venderse
a cuarenta mil del ala
o alquilarse a ciento veinte
a cualquier familia honrada.

Como primer resultado
es que va y se pone en marcha
el gremio de constructores
y de empresas asociadas
que trabajan desde ya,
comen, consumen y hasta
ayudan a que funcionen
mejor otras muchas áreas
profesionales que sufren
apuros. Otra ventaja
es que las gentes que compran
o que alquilan esas casas
reducen así sus gastos
y tienen mucha más pasta
para, a su vez, consumir
en ocio, ropa o patatas.

¿Qué otra cosa hace el Estado?
Presta dinero a unas tasas
nominales a las gentes
que quieren ser propietarias,
sin freírlas a intereses.
Y, ¡claro!, las gentes pagan
pues son deudas razonables
muy distintas de la estafa
a que nos tiene habituados
nuestra Ley Hipotecaria.

¿Qué sucede con los bancos,
que tienen una porrada
de inmuebles? Que por la ley
de la oferta y la demanda,
para vender sus viviendas
e incluso para alquilarlas
tienen que bajar los precios,
pues las otras son baratas.

¿Quién se beneficia? Todos
prácticamente. ¡Qué ganga!
Se beneficia el político,
que verá así asegurada
su reelección, por tomar
una medida adecuada.
Se beneficia el obrero
que, de este modo, trabaja.
Y el ciudadano común
que alquila o compra una casa
por un precio razonable
también de este modo gana.

Ganan todos. Miento: hay unos
que ganan menos: la banca.
¡Pobrecitos!¡Cuánta pena
me inspiran! ¡Me dan tal lástima...!
Pensando en lo mal que vive
el mundo de las finanzas
siento una congoja interna
y se me saltan las lágrimas.
Pero en el plan que propongo
¡no todo han de ser ventajas!

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