¡Fuera libros!



        
Montesquieu hizo una deliciosa observación al respecto en su obra Lettres persannes [Cartas persas]: «La naturaleza había sabiamente dispuesto que las tonterías de los hombres fueses pasajeras y he aquí que los libros las hacen inmortales.»
         La lectura está sobrevalorada.
         Bien es verdad que puede ser útil en su variedad de lectura de catálogos comerciales, para conocer los 2 x 1 de «Carrefour», pero para poca cosa más.
         Quizá estoy exagerando, pero vivimos en el tiempo de los libros malos, de un sinnúmero de publicaciones insípidas guiadas. Con lo de guiadas me refiero a la proliferación de libros de un mismo tema que surgen cuando las editoriales se enteran de que un subgénero le gusta a la gente y fuerzan las compras de un sinfín de sucedáneos apresurados del mismo producto.
         El libro es hoy por hoy y principalmente objeto de regalo. Es frecuente recibir uno por tu cumpleaños o el Día del Padre. La probabilidad de que ese libro te interese es bajísima, debido a varias circunstancias: el que te lo compra, generalmente no lo ha leído, sólo lo ha hojeado por encima o se ha dejado engatusar por el nombre de un autor que le suena (aunque no sepa de qué le suena). Las estadísticas confirman que casi nadie compra clásicos: está mal visto; porque regalarle un clásico a alguien es como decirle que nos consta que no lo ha leído. Por eso se regalan libros modernos, recién aparecidos, cuya calidad no le consta a nadie.
         Habida cuenta de que las editoriales alquilan metros cúbicos de escaparate en las tiendas para publicitar sus productos, el libro que más nos meten por las narices en las librerías no tiene por qué ser bueno en absoluto. El resultado es que te regalan un libro que empiezas a leer y lo dejas enseguida o que lees a la fuerza, aborreciendo la lectura, o que regalas a tu vez a otro que tampoco lo leerá. Así se venden muchos libros al año que no sirven para nada.
         El libro funciona como elemento de esnobismo: se leen aquellos que se nos dice que se deben leer. Los medios de comunicación, dirigidos por quien los dirige y e intencionados con sus intenciones, deciden qué es lo mejor para nosotros, como si las sociedades gastronómicas decidieran qué debemos comer y cocinar en nuestras casas. Nadie se atreve a ir contra las opiniones de los expertos de los suplementos «culturales» y se leen libros abyectos para tener un asunto de conversación en el círculo de cada uno. ¿No has leído a Fulanito? Cuando un título adquiere fama por alguna razón, se produce el efecto «bola de nieve», convirtiéndose en un fenómeno digno de estudio sociológico.
         Por ello yo abogo porque desarrollemos el arte de no leer, prescindiendo de todo aquello que interesa momentáneamente al gran público: best-sellers, libros de actualidad política o biografías de próceres, recopilaciones de artículos de propagandistas... Seamos más selectivos a la hora de comprar y no perdamos el tiempo, que «la vida es corta y las fuerzas limitadas» (Schopenhauer).

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