Cierra tu blog



         Sí, porque no merece la pena, créeme. Te contaré verdades desagradables que se aprenden en el cibermundo. Ser bloguero enseña mucho.

         Cuando mencionas la existencia de tu blog a amigos y compañeros te tropiezas con fenómenos varios que enumeraré:

La gelidez total
         —Oye, ¿sabes que estoy escribiendo un blog de humor con el que me lo estoy pasando muy bien? —digo.
         —Hazme el favor de recordarle a tu mujer que me mande la receta que le pedí el otro día —me contestan.
         —Se llama «Humoradas» —insisto yo.
         —¡Que no se te olvide decírselo, eh! —responden.
        
La actitud defensiva
         —¿Un blog? ¡Quita, quita! Yo no entro en ninguna página. Leer páginas de Internet es la mejor manera de conseguir que te entren virus.
         (Quien me dijo esto murió a los pocos meses, de inanición. Temía que, si comía algún alimento, podría coger gastroenteritis.)
        
El mal gusto descarado
         —¡Ah, sí! Ya entré el otro día y leí muchas cosas. La que más me gustó fue aquella de...
         (Y aquí menciona la que es sin lugar a dudas mi peor entrada, el más insípido, burdo, inane y asqueroso de mis escritos, esa pieza infame de prosa abyecta que nunca debí publicar. Le agradezco la lectura a Fulanito y me quedo con una pobre idea de su capacidad intelectual. ¡Hay que ver la pena que da descubrir que has fundamentado tu vida social en la amistad con tontos!)
        
La omnisapiencia paternalista
         —Tú no tienes que escribir así; a tus artículos les faltan unas cosas y les sobran otras. Lo que tienes que hacer es plantearlos de forma diferente.
         (Estos consejos son poco precisos, como se ve, y no sirven absolutamente para nada, pues no indican qué hay que corregir ni cómo. Además, el que me lo dice no ha escrito ni una palabra en toda su vida. Es como si un transeúnte cualquiera se parara a ver construir un puente elevado y diera instrucciones a los obreros y al ingeniero, pretendiendo que éstos las siguieran al pie de la letra, sin dudar ni pestañear.)
        
El rechazo argumentado
         —Comprenderás que, después de pasarme ocho horas trabajando delante de un ordenador, no voy luego a ponerme a leer...
         (Aquí quiere decir la palabra «estupideces», pero se contiene a tiempo. Es curioso ver cómo una palabra puede resonar en nuestros oídos sin que haya sido pronunciada en absoluto.)
        
El prosaicismo desconsolador
         —Pero ¿te pagan por escribir ahí? ¿Ah, no? Entonces ¿qué sentido tiene eso del blog?

¿Se convencen?
        

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