Contra la bandera






         De antemano dejo dicho que no se me oculta que muchos me tildarán de «mal patriota», al leer esto que sigue. Bueno. Aunque yo no creo que se pueda ser mal patriota. Es como decir que alguien es mal racista o mal optimista o cosa semejante. Un absurdo adjetival, pues o se es racista o no se es, pero no se puede ser mal racista. Lo que quieren decir es que no amo a mi patria. Bien. Eso no es cierto. Lo que sí es cierto es que no la amo tanto como para hacer deliberadamente el más mínimo mal a otra patria cualquiera ni tampoco como para cegar mis ojos, negar mi razón ni las evidencias pensando que lo mío es mejor que lo del vecino o que tiene más derechos.

         Pese a quien pese, el patriotismo es el origen de guerras, discriminaciones, cerrazón de mente y aduanas, en orden de importancia.

         Y la bandera —dicen— es el símbolo de la patria. Yo, puñeteramente, diré que es esencial especificar. La bandera no es en absoluto un símbolo de la patria. No. Es un símbolo del ejército de la patria, lo que no es ni mucho menos lo mismo.

Cualquier entendido en vexilología (¿que qué es la vexilología? Pues la ciencia que estudia las banderas, señor mío; ¡a ver si no descuidamos tanto la cultura general!) nos los puede decir. La bandera es nada menos (y nada más) que un instrumento de diferenciación. La finalidad del estandarte era distinguir en medio de una batalla a las huestes propias de las huestes de los enemigos para no dejar caer sobre los tuyos el «asaetamiento amigo» (entonces no había «fuego amigo», porque se atizaban meramente con flechas).

         En su origen (militar) servía para distinguir en medio del follón de la batalla a tus huestes de las del enemigo. Por extensión, indicaba qué señor feudal habitaba un castillo y de qué parte iba a estar en caso de que el rey decidiese meterse en jarana con otros reinos. En los estados modernos pasa a simbolizar al Estado, sin perder del todo su militaridad.

Besas la bandera como militar en el ejército o la «mili». No lo haces cuando, como ciudadano civil, vas a sacarte el DNI. La ponen sobre tu ataud cuando te matan en combate. Si mueres de cáncer de próstata, por ejemplo, tu gobierno no te pone ninguna bandera en ningún sitio. Es un símbolo militar, quieran que no. Es la representación de la capacidad marcial de una nación.

         Los militares que juran proteger la bandera y lo que significa, juran implícitamente que la defenderán por la fuerza del enemigo exterior. Aquí ya hay para mí dos elementos repugnantes: el concepto «por la fuerza» y el concepto «el enemigo de fuera». Yo soy pacifista y mesticista o mestizajecista, como se diga, a ultranza.

         Quien quiera ver en su bandera un elemento de connotación que le recuerda su niñez feliz, las jotas de su pueblo, las torrijas de su abuela o cualquier otro elemento autóctono, es muy libre de hacerlo. Pero se podría hacer también con cualquier otro elemento. La simplificación de conceptos denota mentes limitadas. Las cosas que a mí me gustan de España, de su historia y su cultura no necesito simbolizarlas en nada. Antonio Machado no tiene bandera, que yo sepa, ni la necesita para que amemos su poesía.

         Siguiendo con lo antedicho, el respeto por la bandera es respeto por cosas que yo considero irrespetables: armas, adiestramiento para matar a tu enemigo, pactos con otros países para matar al enemigo de los otros países cuando a esos otros países les atacan sus enemigos, invasiones, guerras justas, guerras preventivas, guerras de otras diversa variedades... (Se dirá que también la bandera se usa en el deporte; pero a eso yo contestaré que las incongruencias son gratis. Eso es tan absurdo como cuando, para celebrar el Día de la Hispanidad y lo mucho que queremos a nuestros hermanos hispanoamericanos, hacemos desfilar al ejército con tanques y aviones por el paseo de la Castellana.)

         Resumiendo: la veneración a la bandera es nefasta, por la cantidad histórica de crímenes que se han llevado a cabo apelando a ella. Además, como cada país o grupo tiene la suya, se convierte en un elemento diferenciador. Y eso es lo que el mundo de hoy menos necesita.

         El simbolismo concreto que tradicionalmente se le daba a la bandera española, para concretar, era de lo más terrorífico: el oro (el que nos llevamos de donde pudimos) y la sangre (sangre de españolitos inocentes, estúpidamente vertida en campos de batalla para defender intereses de otros o «ideales» históricos de los que ya no nos acordamos). Algo verdaderamente lamentable para gentes que piensan por sí mismas y no se dejan arrastrar por tópicos educativos.

         Por ello, las polémicas de si se iza o no se iza en un ayuntamiento u otro, deben centrarse en el elemento del cumplimiento de la ley, únicamente. Más que una bandera, lo que daría gloria al tejado de un ayuntamiento sería una indicación verdadera y comprobada del estilo de «Municipio sin crímenes», «Lugar libre de drogas», «Pueblo sin hambre» o «Pueblo sin armas». Eso sí sería enorgullecedor para un edificio público.

        Para finalizar: que la bandera es, como he dicho antes, elemento segregador y separador es una verdad irrefutable, si se considera que no existe una bandera del mundo, ni una bandera del género humano que al verla nos emocione a todos por igual. Sólo los derramamientos inútiles de sangre que se han hecho en su nombre bastarían para hacerla repugnante a cualquier mente conocedora de la historia.

        Y si la tomamos como símbolo de nuestro pasado, tampoco arreglamos mucho, porque el pasado de nuestro país (como el de todos) no es en absoluto glorioso, sino vergonzante. Habla de guerras, de invasiones, de persecuciones, de inquisiciones, de esclavitud, etc.

         Sólo ahora, en estos tiempos que muchos maldicen, empezamos a ser un poquito, sólo un poquito más civilizados que antes. No mucho, hay que reconocerlo. Pero la bandera para la que se me pide respeto es una en cuyo nombre se han cometido mil crímenes con el beneplácito de muchos.

         Así es que ¡mucho cuidado con los que te insisten en que veneres una bandera! El siguiente paso será que te pedirán que sigas a la bandera y, luego, que hagas cosas en su nombre.

        Y la historia nos enseña que esas cosas siempre suelen ser feas.

No hay comentarios: