Contra el flamenco




         Este sacrilegio folclórico lo cometo hoy, acorde con mi propósito de convertirme en un artista de minorías, algo así como Góngora pero en cachondo. Tocando un tema polémico y metiéndome con alguien o algo que guste a la gente, muchos se enfadarán y así reduciré el número de mis posibles lectores.

Explicaré por qué no soporto el flamenco y eso me valdrá (espero) las iras y el desprecio de muchos.

         Para empezar diré que sobre gustos sí hay mucho escrito (cientos y cientos de tratados de estética) pero que muy poca gente los lee y por eso se generaliza la idea de que cualquiera tiene derecho a comprarse un cuadro de Miró o vestirse de mamarracho sin que nadie pueda afearle su mal gusto. Basándome en esta supuesta libertad he dicho en muchas ocasiones a muchas personas que el flamenco no me gustaba. Tras lanzarme miradas de profundo desprecio me han respondido: «Es que tú no entiendes». Pero no han querido (o sabido) adentrarme en los secretos del conocedor, sino que se han limitado a dejarme fuera como un ser inferior que no ha tenido la suerte de vibrar con aquello.

         Bien, yo acepto que haya una disciplina artística que precise de una cuidada, trabajada y profunda preparación cultural para poder ser disfrutada. Pero no veo esa preparación por ninguna parte en las personas a las que sí apasiona el flamenco y que ponen los ojos en blanco ante cualquier de sus aspectos.

         Pero ¿es necesario entender de arquitectura para que nos guste el Taj Mahal, ser un experto en gastronomía para deleitarse con un helado de chocolate o tener una licenciatura en química para apreciar unos fuegos artificiales?

        La música se basa en unos principios físicos: tonalidades y ritmos, que no nos los inventamos, sino que nos vienen dados por el mundo exterior. Así es que cuando un cantante afina o desafina en una nota, eso no es solamente científicamente mensurable y comprobable, sino que produce un efecto agradable o desagradable en nuestro sistema nervioso de forma también mensurable y comprobable.

         Y los cantantes de flamenco desafinan.

         Como no estoy seguro de que esta afirmación haya quedado clara, la repetiré: los cantantes de flamenco desafinan.

         (Ya sé que queda feo que yo pontifique aquí con tal arrogancia, pero ¿si no lo hago aquí, dónde lo voy a hacer?)

        Así es que puedo afirmar y afirmo que en la medida de lo que me permiten apreciar mis conocimientos musicales, los cajonistas y palmeros flamencos tocan admirablemente bien. Por lo que sé de guitarra (que conozco su dificultad) los guitarristas flamencos, prácticamente sin excepción, son magníficos. Y por lo que sé de canto, los cantantes desafinan muchísimo, hacen reiterados portamentos hasta que consiguen llegar trabajosamente a la nota y aprovechan el elemento de improvisación para engañarnos. Esto es: cantan cualquier cosa, no dan la nota que pretendían por falta de técnica y habilidad, y pretenden que era esa nota la que querían dar. Luego ¿cómo demostrar que ellos querían dar esa nota y no la de al lado? Sin embargo, los cantantes ganan la fama y la pasta sin molestarse en usar champú antes de las actuaciones (la grasa capilar les da caché) y los músicos estupendos que les rodean parecen ganar bastante, bastante menos.

         Otro aspecto que me indigna es que el verdadero flamenco parece estar muy escondido. Cuando argumento mi desagrado con ejemplos del tipo de «No me negarás que Fulanito canta mal» o «Es obvio que Menganita no sabe respirar o mantener una nota», me responden: «Es que lo que canta Fulanito (o Menganita) no es verdadero flamenco. El verdadero flamenco es otro (u otra cosa)». Así es que me quedo sin poder decir nada más. Si digo que las sevillanas son todas iguales y ramplonas, me dicen que las sevillanas no son verdadero flamenco. Lo que cantan los escobares y las pantojas tampoco es verdadero cante. Etcétera. ¿Dónde está el verdadero cante?

         En cierta ocasión entré en una taberna de mala muerte en una callejuela de Sanlúcar de Barrameda. Era un sitio muy típico, con toneles de vino y con todo el suelo lleno de serrín y restos de gambas. Era verano y el local estaba casi vacío. De pronto un hombre que tomaba un vino en un rincón comenzó a entonar un «ay, ay, ay» que sonaba muy «jondo». El tabernero y uno o dos parroquianos más le escucharon con harta reverencia, como si estuvieran teniendo una epifanía. Pues bien: les juro a ustedes que nunca en mi vida oí a nadie cantar tan horrorosamente mal como a aquel tipo de la tasca.

         Más cosas. El cantante flamenco no cuida su instrumento: no le importa tener la voz aguardentosa y ronca. Tose y carraspea cuando se le antoja. Cuando se queda sin aire (por no haber sabido medir bien cuánto aire necesitaba para la siguiente frase musical), deja de cantar en medio de la melodía, respira y continúa, algo inaceptable en cualquier otra forma de canto. Se me dirá que eso es una particularidad misma del flamenco, pero es obviamente una interrupción de la ejecución artística. Si un actor, en medio de una obra teatral, interrumpiera su diálogo e hiciera una pausa para respirar o para recordar lo que viene después o simplemente para descansar, el público le abuchearía con toda la razón. Y no digamos si lo hiciere el violín primero de una orquesta. Pero en flamenco todo vale.

         Otro aspecto negativo que le veo yo al invento es la tremenda limitación argumental de los cantables. Todos son intimistas y egocéntricos: tratan de cómo se siente el que canta ante una pena amorosa o cualquier otra cosa. Generalmente carecen de narrativa, de crítica social, de humor y de muchas otras cosas. Las letras tienen muchas veces rimas deficientes, un léxico muy reducido y transmiten la impresión de que el cantante canta lo que le da la gana y que muy bien puede estar olvidándose de la letra y cantando otra cosa distinta. Los temas que tratan son tremendamente retrógrados y machistas (léase tradicionales) y poco aportan a la esfera de la poesía.

         Los nombres artísticos que se gastan —a más de horteras— son freudianos y traicionan sus intenciones: Centollito, Camarón, Cigala, Berberecho... Todo ello apunta a que su intención no es puramente artística, sino principalmente crematística con vistas a una vida de vino y mariscadas. Los más modestos se conforman con Tomatito, Sardinita y cosas por el estilo.

         Existen, además, otros aspectos desagradables, como la inevitable conexión del flamenco con los toros y todo lo que les rodea. Un andalucismo artificial, sórdido y, sobre todo, discriminatorio. No sé si hay muchos gallegos, catalanes, castellano-leoneses o paraguayos que se hayan dedicado al flamenco y triunfado en él, pero me temo que no, que el mundillo (cerrado) del flamenco les habrá hecho el vacío. La España de charanga y pandereta no es toda España: muchos quedamos fuera, lo queramos o no.

         No obstante, el flamenco disfruta del patrocinio gubernamental (Franco dio títulos nobiliarios) y del amor de la opinión pública. Prueba de ello lo serán los ácidos comentarios que probablemente suscitará este escrito, cosa no que no hubiera sucedido nunca si yo me hubiese definido como enemigo acerrimo y odiador profesional del joropo venezolano.

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