Artes de fusión





         Dicen que estamos en la era de la fusión.

         Y, como nuestros prejuicios nos impiden fusionar culturas y hacer de una vez por todas un saludable mestizaje, fusionamos otras cosas para parecer modernos. Por ejemplo, las artes.

         Hablando de fusiones (y no me refiero a los holdings) hay que recordar que no son fáciles. La primera que se intentó, entre la música clásica y la carpintería, todos saben qué resultados produjo: artistas que, en vez de tocar el violín, tocan el serrucho, lo cual indudablemente tiene mucho mérito. Pero, pese a ser muy difícil, suena horroroso, para qué nos vamos a engañar.

         Fusionar una música con otra es más resultón y yo, en principio, lo apoyo. Queda luego por determinar qué variedades son más resultonamente fusionables y cuál es el destino que les espera al rock-flamenco, al bossanova-jazz, al jota-country, al vals-chacarera, al tango-seguidilla, a la sardana-milonga o al gregoriano-chachachá.

         Cuando se mezclan varias artes, la cosa es más complicada. Bien es verdad que Rafael Alberti pintó muy bonitamente sus poemas, con letras de diseño. Manuel Machado escribió bellos sonetos inspirados en cuadros. Hay otros ejemplos.

         Pero también existen imposibilidades que es mejor no explorar. Me temo, sin embargo, que todo lo hacible se hará y artistas en búsqueda de originalidad a toda costa, igual que representan cuentos, bailarán cuadros, pintarán sonatas, recitarán vidrieras, filmarán cornucopias, declamarán objetos decorativos, interpretarán arcos de medio punto, tallarán chistes, cantarán bodegones, dibujarán óperas y edificarán minués. Todo eso llegará.

         En cuanto al teatro, será por ser excesivamente tradicional, pero no aplaudo a esas compañías «trangresoras» que actúan poco y emplean otros recursos para llenar el tiempo de sus espectáculos. Todos esos juglares, cubanas y furias de locos o tontos que te cobran por ponerte vídeos, prender fuegos artificiales o darte bocadillos de chopped en medio de la función. Tampoco aplaudo el que se haga intervenir a los espectadores. Todo ello me parecen recursos para rellenar en el mejor de los casos, o para que el público no se vaya.

         Indudablemente, si ves una obra buena, al día siguiente puede que lo comentes con los compañeros de oficina o puede que no. Si te hacen subir al escenario o si te regalan un bocadillo, de seguro que lo recordarás y contarás. Es publicidad para necios.

         Lamentablemente, muchas de estas compañías de teatro han renunciado a los dones de Talía y a la bendición de San Ginés, patrón de comediantes; se limitan a usar ese foro para lucir sus habilidades de tragasables, comedores de fuego, zancudos o nudistas. Son los actores-ensalada, como yo los llamo, puesto que a algunos se les tiran tomates de manera organizada y otros se revuelcan en aceite.

         Pero son tímidos y cobardes en su transgresión.

         Si lo que quieren es ser distintos y famosos sobre un escenario, sin tener que actuar, yo propongo a esas compañías y como complemento a sus espectáculos, que se pele al cero a algunos espectadores, que se embree y emplume a otros y, por ejemplo, al que le suene el teléfono en medio de la función, que se le sodomice pública, colectiva y lúdicamente.

         Ninguno de los asistentes olvidará nunca estas veladas.
        

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