Torturas varias





El individuo aquel era raro. Se acercó a mí y me dijo, con un encantador acento catalán:

         Hostes alienigeni abducere me («Los alienígenas me abdujeron»).

         Era perentorio conseguir entenderle mejor. Pero, antes de intentarlo, le dije en latín una frase que llevaba mucho tiempo queriendo utilizar:

        Braccae tuae aperiuntur («Llevas la bragueta abierta»).

         Le di dos sopapos bien dados y ya comenzó a hablar como es debido.

         Me contó que se llamaba Grau, que era de Granollers y que los extraterrestres le habían abducido y hecho con él experimentos asquerosos. Les contaré su historia.

         El extraterrestre Mx, al que llamaremos el terapiador para abreviar, se indignó al verle un chichón a Grau, tras haberle desempaquetado cuidadosamente del envoltorio en el que le metieron en la nave raptora.

        —¡Lo han roto por el camino! ¡Brutos! Este ejemplar de terráqueo ha sufrido un hematoma de segundo grado —dijo Mx.

         El terapiador dio dos palmadas y dos ayudantes agarraron al catalán.

         —Ponedle en su habitáculo y dadle de comer lo que he indicado.

         Así se hizo. Luego, el primer ayudante le dijo al segundo:

        —Tráele enseguida su Te.

         Y, dirigiéndose a Grau, le informó:

         —Ahora sólo tomará Te por una temporada.

        Grau comprendió. Había oído hablar de experimentos hechos con presos. Le iban a tener a régimen de té para ver los efectos.

        —¿Y qué té me van a dar? —preguntó, medio resignado—. ¿Verde, negro?

         —Éste es de otro color.

        Grau miró el interior del cacharro.

         —¡Pero si esto no es té!

        —Es Te. Te, que es el símbolo químico del telurio. Elemento simple; peso atómico: 127, 61; número atómico: 52; metaloide...

        —Pero esto, ¿se come?

        —Pues eso es exactamente lo que no sabemos —le respondieron los extraterrestres—. Pero, gracias a su amable colaboración, lo vamos a saber enseguida.

         Y le pusieron delante el cacharro, donde había algo que parecía metal en barras.

        —¿Cómo voy a comerme esto? ¡Si es sólido!

         —No se preocupe. Se ha comprobado que es un metaloide muy quebradizo. Se le desmenuzará en el estómago.

         —¡No, no! ¡Verdugos! ¡Carnífices!

         —Si está muy rico... Abra la boca.

         —No. ¡Aggg!

        Se lo hicieron tragar por la fuerza. Grau creyó haberse comido el mercurio de varios termómetros. Al acabar de tragar se sintió desusadamente pesado.

        —Bueno, ya está, Así saldremos de una vez de dudas sobre la toxicidad del elemento. Hasta luego —se despidió Mx, dándole unas palmaditas en la espalda a Grau, para reconfortarle.

         El catalán sintió angustia y náusea sartrescas. Notaba deslizarse el telurio en su estómago como en una montaña rusa. El hombre era, efectivamente, una frágil criatura que no puede luchar contra los elementos, ni mucho menos cargar con su peso atómico.

         Al cabo de unas semanas de telurio, los marcianos aquellos o lo que fuese tuvieron ocasión de presenciar unas imágenes psicodélicas mirándole al hombre el estómago por rayos. ¡Qué de colores, de mezclas, de irisaciones presentaban sus intestinos y vísceras! El hígado de Grau estaba azul ultramar. Los ojos estaban verdosos, las orejas, flácidas y el mechón de pelo, descolorido. Sin embargo, quedaba gloriosamente demostrado para la ciencia que el telurio, a fin de cuentas, no era tan venenoso como se creía. Aunque, por otra parte, no dejaba de serlo. De cualquier manera, nadie en aquel planeta pensaba comer telurio en absoluto, así que no alcanzamos la imprescindibilidad del experimento. Pero, ¡allá ellos!

         A los pocos días le dieron a comer otro elemento que no queremos ni mencionar.

         Aparte de esto, Grau era completamente libre de hacer lo que le apeteciera, pero lo moralejante del caso es que no podía hacer nada con su libertad, porque no se sentía bien ni para moverse un poquito de su rincón. Tras el telurio le dieron el He (helio, en un frasquito, para que lo respirara); y, luego, el Ne (neón, que le dejaba la lengua fosforescente); y, luego, el Ge (germanio, que le hizo odiar para siempre a los alemanes). Lo único que no le pudieron dar fue Fe (hiero) porque en su planeta no lo había.

         Los ayudantes vinieron a darle a lo que quedaba de Grau una noticia.

         –Nuestros terapiador dice que ya has comido bastantes cosas raras y que vamos a dejar estos experimentos. Vas a ir a la sección anatómica.

         Pero, aunque estaba acostumbrado a todo, el extraterrestre no tuvo corazón para decirle al terráqueo que iba a ir destinado a la sección anatómica, sí; pero que iba a ir en trozos.

         Luego, algo debió de salir mal, porque cuando yo lo vi, el catalán estaba entero.

        No sé si creerme esta historia.

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