Contra el maltrato a los animales




(ADVERTENCIA: ESTA ENTRADA NO TIENE GRACIA)

         No puedo sino sumarme a lo que dijo Schopenhauer: «El mayor beneficio que proporciona el ferrocarril es que salva de una existencia miserable a los caballos de tiro.»
      
   ¿Qué queremos decir con ello mi compadre Arturito y yo? Pues que el progreso no debería medirse en la mayor precisión de los cachivaches inventados, sino en el alivio proporcionado a los seres vivos. Sólo es verdadero avance lo que elimina dolor del mundo. Así, cuando yo hablo de progreso, no me refiero evidentemente a misiles teledirigidos con bajo margen de error.
   
      Concretamente insisto en que se nos sigue notando la barbarie en la manera en la que tratamos a los animales, cosa que muchos denuncian y a la que las autoridades no hacen ningún caso. Yo, puñetero de profesión y vocación, he clamado siempre contra las corridas de toros sin conseguir más que enfadar a algunas gentes amigas. Pero confesaré haber cometido el otro día un pecado de evidente falta de caridad y haberme luego quedado tan pancho. La cosa consistió en que oí la noticia de que le habían pegado una cornada a un torero y ni me inmuté. No me dio la más mínima pena, penita, pena. Pero que ninguna, vamos. Claro está que yo soy un monstruo sin corazón.
   
      A fin de cuentas, nuestro maltrato a los animales no es culpa nuestra, sino de nuestros maestros y directores espirituales, que nos han enseñado que los animales son meros objetos, de una categoría enteramente distinta de la del hombre. Todo el mundo ha leído el libro del Génesis, en donde se dice (capítulo I) que el Creador hizo entrega al hombre de todos los animales para que gobernase sobre ellos cual si fueran cosas. En otro capítulo (el II) Dios nombró al hombre Catedrático de Zoología, asignándole la tarea de dar a todas las bestias el nombre que les correspondería de allí en adelante, confirmando su total dependencia respecto al hombre.
    
     El más indiferente y mercantilizado vendedor de animales en una pajarería suele pedir al cliente que le compra un cachorro «que lo trate bien». El Creador no se molestó en hacerle tal indicación al hombre. Sino que les dijo a Adán y a Eva: «Dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y cuantos animales se mueven sobre la tierra» (Génesis, I, 28).
   
      Todo esto sirve para eximirnos de culpa y pensar que no obramos mal mientras obedezcamos a los que mandan en nuestras almas.
    
     Un curioso interlocutor que tuve una vez hablando de este tema sugirió que yo solía exagerar en mi defensa de las bestias ya que los animales muy bien podían no tener derechos, sino que sólo era que los seres humanos tenían deberes hacia ellos. Basaba su estimulante comentario en una frase de Javier Marías que indicaba que los animales no podían tener derechos, puesto que no tenían obligaciones.
    
     Este razonamiento —con todo el respeto que el señor Marías me inspira— es más falso que un billete de dieciocho euros con cincuenta céntimos.
   
      Pero yo entiendo de dónde surge tal idea: es el producto de la simetría. Derechos/deberes, suena muy bien, parece lógico y todos quedamos tan contentos. Hay que demostrar que no es así.
   
      En primer lugar, este mundo nuestro está basado en el principio de no reciprocidad, a poco a que nos fijemos. Yo, como contribuyente, tengo el deber de sufragar con mis impuestos el funcionamiento del Teatro Real. Pero no tengo el derecho de entrar gratis a ver las óperas. Como no tengo dinero para pagar unas entradas carísimas, me quedo sin verlas y el principio deber-derecho no se cumple. Mi jefe tiene derecho a gritarme, pero si le grito yo, me las lío. Los ejemplos pueden ser infinitos.
     
    Volviendo a los animales (y no me refiero aquí al señor Marías), si la falta de responsabilidad exime de los derechos, ¿qué pasaría con los derechos del recién nacido, que no tiene responsabilidades? ¿O con los del deficiente mental, oficialmente irresponsable de sus actos?
    
     El principio de reciprocidad no funciona. Los males del mundo derivan principalmente de no respetar los derechos de la gente a vivir, los derechos de los polos a que no los descongelen y del aire a que no lo contaminen.
     
    La postura del «deber de proteger a los animales» es paternalista. No hay que respetarlos porque nosotros seamos buenos (si lo somos) en un acto de caridad desinteresada, sino porque ellos tienen derecho a que los dejen en paz.
    
     ¿Cuál es el criterio que genera el derecho? No es la contrapartida de la responsabilidad, sino la capacidad de sufrimiento. Los animales no deben ser respetados porque nos den algo a cambio, sino porque tienen sistema nervioso y, por ende, pueden sufrir por nuestras demasías.
    
     Las piedras no tienen sistema nervioso, por eso, cuando alguien las golpea con un martillo, yo no me preocupo mucho. Cuando alguien le pega con un martillo (o similar) a un animal, me enfado bastante. Por eso, cazadores, pescadores, toreros y simples aficionados de esos que matan a tiros a las ratas en los vertederos son la hez de este mundo.
    
     Dijo Gandhi (ya saben: aquel a quien el señorito inglés Churchill definió como un asqueroso mendigo en taparrabos) que se podía juzgar a una civilización por la manera en la que trataba a sus animales. Esto es una gran verdad y, sobre todo, una piedra de toque, la prueba del nueve. El amor a los animales no es una postura más o menos simpática esgrimida por una rama de los ecologistas; es la verdadera prueba de la hombría de bien y de la decencia moral. Puedes sentir más simpatía por una especie que por otra, puedes ser más amigo de los perros, de los gatos, o del aracuán brasileño. Pero si eres incapaz de sentir empatía con ellos, si eres indiferente a sus sufrimientos, si les causas mal por placer, entonces yo te aseguro que tu asignatura de humanidad te va a quedar para septiembre y que probablemente tendrás que repetir curso varias veces.

2 comentarios:

Carmelo dijo...

Como sigas así... terminaré retándote de verdad. Será la única forma de esconder que se me acaban los argumentos.

Raul Sanchez dijo...

Un amigo inglés me comentó que el problema de los británicos es que tratan mejor a sus mascotas que a sus hijos, al contrario de lo que sucede en España.

Se puede ser muy humano y, aunque parezca contradictorio, maltratar a los animales. Es que la crueldad es un atributo muy humano.

Magnífico artículo, por cierto.