Curiosidades peludas



 

La tradición clama contra los tintes y, por eso, dice el bonito refrán:
          
«Beware of that man, be he friend or brother
whose hair is one colour and beard another»
          
que podría traducirse como:
          
«Cuidado con el hombre que tenga esta pinta:
el pelo de un color y la barba distinta».
         
 El refranero nos ayuda a entender la psicología del pelo.
          
«Del hombre barbado, huye escapado.»
        
Y también:
         
 «El hombre lampiño es un pestiño.»
          
De donde se deduce que nos quedan pocas opciones honorables.
          
En el año 350 b.C. Alejandro Magno ordenó a sus tropas que se afeitasen la barba para que sus enemigos no pudieran usarla para decapitarles agarrándoles de ella. A partir de entonces, el número de castraciones aumentó.
          
Las barbas han sido siempre un símbolo importante. Representaban la sabiduría del hombre que había decidido no desollarse el cutis cada mañana con un instrumento más o menos rasurante. Se convirtió en el más destacado signo de virilidad desde que el buen gusto impidió que el homo sapiens varón llevase sus cosas por fuera de la ropa.
          
No se puede menospreciar el valor religioso de la barba. En muchas culturas se consideró sagrada por una sencilla razón: puesto que después de afeitarla seguía apareciendo, era obvio que los dioses tenían el capricho de que siguiese estando ahí. Dedujeron también que los dioses no querían mucho a las mujeres ni a los eunucos, por carecer de pelo facial.
          
El impacto social de la barba es tremendo. En la antigua Grecia bastaba con dejarte crecer la barba para que te consideraran un sabio filósofo. En España, no hace mucho, bastaba para que te consideraran un intelectual de izquierdas y te invitasen a visitar algunos sótanos gubernamentales donde te hacían preguntas curiosas.
         
Los reyes del antiguo Egipto y de Babilonia (antigua también) consideraban sus barbas como símbolo de su majestad y poderío, y las entrelazaban con tanta cantidad de hilo de oro, cintas y adornos varios que les picaban mucho y no les dejaban dormir por las noches.
          
Las mujeres con barba nunca han sido extremadamente populares entre el género opuesto. En la Edad Media se las quemaba por brujas. Cuando se dejó de creer generalizadamente en las brujas, se las siguió quemando por feas. En los últimos siglos ya no hace falta quemarlas: se retiran ellas solas de la circulación, dedicándose a asistir a rosarios y adoraciones nocturnas.
          
Puedo seguir contando cosas sobre las barbas pero, por otra parte, también puedo no hacerlo. Y creo que voy a optar por lo segundo.

No hay comentarios: